Os odio. Desde lo más profundo de mi ser os odio.
Con las vísceras latiéndome en las manos,
goteando lento hasta el suelo, os odio.
Tener que cuidarme de ustedes, tener que cubrirme,
tener que medir las palabras que de mí salen,
tener que callar cuanto os aborrezco,
tener que ser testigo de vuestra decadencia,
de vuestra indiferencia, de vuestra insolencia,
de vuestra mezquindad, de vuestra bajeza,
de vuestra nulidad, de vuestro egoísmo,
por todo eso os odio. Con las vísceras en las manos, como si no hubiera nada más qué hacer, sino caminar sosteniéndolas hasta que la fuerza abandona mis músculos.
Cada mañana, mi oración no iba referida por la paz, ni por descorrer el nuevo día, ni por
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